
Por: Patti Reyes
Los Ángeles.- Ozempic, Wegovy y Zepbound están cambiando la vida de millones de personas, peeero, detrás de la pérdida de peso, médicos e investigadores advierten que aún quedan preguntas sin respuesta sobre su uso de por vida, su costo y su impacto en niños y adolescentes.
Cuando Jasmyne Cannick escuchó por primera vez el nombre Ozempic, no sabía que estaba a punto de convertirse en uno de los rostros de una revolución médica.
No buscaba el cuerpo perfecto ni seguía una moda de redes sociales. Lo que quería era evitar la diabetes.
Hace cuatro años, su médico de Kaiser Permanente le advirtió que su salud estaba entrando en una zona de alto riesgo. Con 1.68 metros de estatura y cerca de 120 kilos, el diagnóstico era claro: debía actuar antes de que la enfermedad apareciera.
Aceptó iniciar un tratamiento del que entonces casi nadie hablaba.
«No me decidí a los GLP-1 porque fueran tendencia. Ni siquiera sabía qué era Ozempic», recordó durante una conferencia organizada por American Community Media.
Hoy, después de cambiar a Zepbound, ha perdido alrededor de 25 kilos. Sus niveles de glucosa mejoraron, la apnea del sueño prácticamente desapareció y volvió a jugar tenis varias veces por semana. «Hace años que no me sentía tan saludable.»
Historias como la suya ayudan a explicar por qué los medicamentos GLP-1 se han convertido en uno de los mayores avances en el tratamiento de la obesidad. Pero también explican por qué la comunidad científica insiste en poner freno al entusiasmo. Sí, funcionan. Pero no son milagrosos.
La evidencia muestra que la mayoría de las personas recupera el peso cuando suspende el tratamiento; millones de pacientes no pueden pagarlo; aún no se conocen los efectos de administrarlo durante años a niños y adolescentes, y los especialistas insisten en que ningún medicamento puede sustituir hábitos saludables. El debate, advierten, apenas comienza.
La obesidad comienza mucho antes del plato
Durante décadas, el exceso de peso fue explicado como una simple falta de disciplina. Hoy la ciencia sostiene algo muy distinto. «La obesidad es una enfermedad de la regulación energética. No es una falta de fuerza de voluntad», afirmó la doctora Fatima Cody Stanford, profesora asociada de Medicina y Pediatría de la Facultad de Medicina de Harvard.
La especialista explica que el peso corporal no depende únicamente de cuánto come una persona o cuánto ejercicio realiza. También intervienen la genética, las hormonas, el sueño, el estrés, el acceso a alimentos saludables, el nivel socioeconómico y hasta el barrio donde se vive. «Para la mayoría de las personas es una interacción entre su biología y un entorno que muchas veces no favorece una vida saludable.»
Ese cambio de perspectiva ayuda a entender por qué tantas personas bajan de peso con los GLP-1. El medicamento no solo reduce el hambre; cambia la conversación del cerebro con la comida
La doctora Jenna Shaw Tronieri, investigadora de la Universidad de Pensilvania, explica que estos medicamentos actúan sobre mecanismos biológicos que evolucionaron durante miles de años para impedir que el ser humano pasara hambre. «La biología de nuestro cuerpo no está diseñada para ayudarnos a perder peso; está diseñada para mantenernos vivos.»
Uno de los efectos más llamativos es la desaparición del llamado food noise o «ruido de la comida»: esos pensamientos persistentes sobre qué comer, cuándo hacerlo o el deseo constante de alimentos. «Muchos pacientes descubren que pensaban en comida prácticamente todo el día hasta que comenzaron el tratamiento.»
Su investigación encontró que quienes utilizaron semaglutida durante 60 semanas consumían entre 240 y 290 calorías menos en cada comida que quienes recibieron placebo.
Lo más sorprendente fue que, aunque con el tiempo el hambre reaparecía, seguían comiendo menos.
Es decir, el medicamento continúa modificando la conducta alimentaria incluso cuando la sensación de apetito regresa.
El problema aparece cuando el tratamiento termina
Los GLP-1 funcionan. La pregunta es por cuánto tiempo.
Diversos estudios muestran que entre la mitad y dos terceras partes de los pacientes abandonan el tratamiento durante el primer año. Después, la mayoría recupera cerca de dos tercios del peso perdido.
Para Tronieri, esa realidad debe cambiar la forma en que se habla sobre obesidad. «Es completamente normal que el peso aumente después de suspender el medicamento. No significa que la persona haya fracasado.»
Los especialistas consideran que la obesidad debe tratarse como cualquier otra enfermedad crónica, al igual que la hipertensión o la diabetes, donde suspender el tratamiento suele implicar la reaparición del problema.
El obstáculo que millones no pueden superar: el precio
Mientras la ciencia avanza, el acceso continúa rezagado. Aunque Medicare lanzó un programa para reducir el costo de estos medicamentos para algunos beneficiarios, la ayuda concluirá en 2027 y deja fuera a millones de personas.
Además, muchos pacientes siguen enfrentando autorizaciones previas, restricciones de aseguradoras y precios que oscilan entre 900 y 1,300 dólares mensuales. «Quienes más necesitan estos medicamentos suelen ser quienes menos pueden pagarlos», lamentó Cody Stanford.
La paradoja, explicó, es evidente: “las poblaciones con mayores tasas de obesidad son también las que encuentran más barreras para acceder al tratamiento.”
La gran incógnita: ¿qué ocurrirá con los niños dentro de 20 años?
El entusiasmo también ha llegado a los consultorios pediátricos. Los GLP-1 ya pueden recetarse a menores desde los 12 años. Sin embargo, para el doctor Dan Cooper, profesor emérito de Pediatría de la Universidad de California en Irvine, la prudencia debe imponerse. «El cerebro, los músculos y los huesos de un adolescente siguen desarrollándose. Todavía desconocemos qué ocurre cuando estos medicamentos se utilizan durante años en esa etapa.»
Su preocupación no es solo científica. También es ética. «Ningún niño debería recibir únicamente un medicamento. Debe tener acceso a nutrición, actividad física, acompañamiento familiar y espacios seguros para hacer ejercicio. Si no hacemos eso, estamos tratando solo una parte del problema.»
Más allá de la báscula
Jasmyne Cannick todavía no sabe si continuará usando GLP-1 toda la vida. Le preocupa el costo. Le preocupa depender del medicamento. Pero no duda del cambio que experimentó. «Todavía estoy intentando averiguar qué sigue. Definitivamente no quiero que sea un compromiso permanente para mi bolsillo.»
Antes de concluir, Cannick deja una reflexión que trasciende el debate sobre los medicamentos y el peso. Detrás de cada receta, dice, hay personas que luchan contra enfermedades, estigmas y años de frustración. «Hay una historia detrás de cada persona que toma estos medicamentos. No se trata solo de querer ser delgado.»
Los medicamentos GLP-1 están transformando el tratamiento de la obesidad y ofreciendo una nueva oportunidad para millones de personas. Pero también obligan a replantear cómo entendemos esta enfermedad, quiénes tienen acceso a los tratamientos y qué papel deben desempeñar la prevención, los hábitos saludables y las políticas públicas. Más allá de la pérdida de peso, el verdadero desafío será garantizar que este avance científico beneficie a quienes más lo necesitan y contribuya a una conversación basada en evidencia, lejos del estigma y los prejuicios.
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