Una casa más grande: vivir entre dos culturas

Por: Especial

De la necesidad de respetar nuestra raíz hispana con todo aquello que nos une y nos distingue nació Opción Yo, un espacio donde integramos la herencia cultural con el presente, pensando en un futuro emocional saludable que nos permita alcanzar nuestras metas

Por: Daniela Sichel, psicóloga y fundadora de Opción Yo

Cuando los latinos migramos, pensamos que el idioma será lo que marque la diferencia en el lugar que habitaremos, pero detrás de cada nueva palabra hay otra manera de saludar, de visitar, de criar, de celebrar, de vincularse, de ser familia y de vivir. Hay, en definitiva, otras formas de entender el mundo.

Si bien traemos maletas con ropa, papeles y fotografías, la realidad es que lo más importante viaja por dentro y, en esta nueva etapa, puede aparecer una pregunta capaz de generar angustia: ¿cuánto debo cambiar para pertenecer aquí sin dejar de ser quien soy?

Migra el beso al saludar, el almuerzo del domingo con la sobremesa interminable, los cumpleaños con primos, tíos y vecinos, el pastel que se parte cuando los niños ya están dormidos, la abuela que colabora en la crianza de los hijos y nunca deja de ser madre, la Nochebuena del 24 y el cafecito que se ofrece apenas alguien cruza la puerta. Esas costumbres son un idioma propio, hablan de nuestros vínculos y también de quiénes somos y de dónde venimos.

Por eso, cuando nos encontramos con una realidad más rígida, con encuentros que se agendan con anticipación y tienen incluso una hora de comienzo y otra de final, el sentimiento de pertenencia puede volverse difícil.

Al cruzar la frontera atravesamos también una línea íntima y personal que divide nuestra propia historia: adelante está el desafío de integrarnos y detrás, todo aquello que construyó quiénes somos. Y entre ambos aparece una pregunta: ¿cómo conservar nuestra raíz y esencia mientras crecemos en un lugar nuevo?

Esta tensión se intensifica con la llegada de los hijos y, para muchas familias, comienza incluso antes de que el bebé diga su primera palabra. ¿Le hablamos en español o en inglés? La abuela teme que su nieto no la entienda, el padre recuerda lo que sufrió por su acento, alguien dice que dos idiomas pueden confundirlo mientras otro insiste en que, si no aprende español, nunca sabrá de dónde viene.

Pero debajo de esa discusión hay algo mucho más profundo: el miedo a que nuestros hijos no encuentren su lugar, el temor a convertirnos en una familia partida entre generaciones que ya no pueden comunicarse de la misma manera. Hay emociones que se viven en silencio, especialmente en nuestra cultura. Sentir dudas puede darnos culpa o vergüenza, pero lo que no se habla puede terminar expresándose de otras maneras: en ansiedad, en peleas reiteradas, en confusión o en aislamiento.

Pareciera entonces que el inmigrante tiene que elegir entre una cultura y la otra, como si la integración no fuera una alternativa posible y eso duele, y mucho.

Duele en el padre que siente que traiciona a su familia cada vez que adopta una costumbre de aquí, en la madre que extraña tanto su vida anterior que le cuesta disfrutar la nueva o en el adolescente que se siente poco latino con sus primos, poco estadounidense con sus amigos y se pregunta en silencio si realmente pertenece a alguno de los dos lados.

Pero existen opciones saludables que pueden convivir perfectamente en nuestro hogar: podemos participar plenamente de la nueva cultura conservando lo que valoramos de la nuestra.

El psicólogo John Berry, uno de los principales investigadores de la aculturación, planteó el concepto de integración como una estrategia en la que las personas pueden participar de la nueva cultura sin abandonar necesariamente la cultura de origen. La idea cuestiona la creencia de que, para adaptarnos, tenemos que borrar una parte de nuestra historia.

Eso significa que nuestros hijos pueden hablar inglés en la escuela y español con la abuela, celebrar Thanksgiving y también la Nochebuena o aprender a ser independientes y, al mismo tiempo, seguir sintiendo que la familia es un lugar seguro.

Podemos adoptar costumbres de este país, incluso disfrutarlas, sin sentir culpa porque adaptarnos siempre suma y la raíz seguirá ahí mientras el árbol crece hacia un cielo nuevo.

Integrarnos también implica aceptar que las culturas siguen vivas cuando crecen, cambian y se encuentran con otras tradiciones, que se conservan cuando se viven, que se transmiten en la cocina, en los cuentos antes de dormir, en la música del sábado, en las historias de los abuelos y en las fiestas que seguimos celebrando.

La herencia cultural no se transmite únicamente explicándola, se transmite viviéndola. Por eso, hacer del español un idioma de afecto, contarles a nuestros hijos de dónde venimos, escuchar especialmente las preguntas de quienes nacieron aquí y permitirles construir su propia identidad sin obligarlos a elegir será uno de los legados más valiosos que podemos dejarles.

Llevar dos mundos dentro puede ser una enorme riqueza: una casa más grande.

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