«La música nunca llegó de golpe. Siempre estuvo en mi casa»

Por: Patti Reyes
Instagram/TikTok @lapattireyes
Durante más de cinco décadas ha recorrido escenarios, compuesto canciones para otros artistas y acompañado a figuras emblemáticas de la música mexicana. Pero antes de todo eso fue un niño que imaginaba acordes donde los demás solo veían una escoba. Esta es la historia de un músico que nunca dejó de tocar el corazón.
Hay quienes encuentran su vocación después de muchos años. Otros nacen con ella sin saberlo.
Cuando Kiki Arballo tenía apenas cuatro años, corría por las calles de Hermosillo, Sonora, con una escoba entre las manos. La abrazaba como si fuera una guitarra. Nadie podía imaginar que ese juego infantil terminaría marcando el rumbo de toda una existencia.
Hoy, más de medio siglo después, su nombre aparece detrás de canciones que han interpretado importantes artistas del regional mexicano. Ha compartido escenarios con agrupaciones históricas, ha acompañado durante años a Pancho Barraza y sigue componiendo con la misma emoción que cuando descubrió sus primeros acordes en casa de sus padres.
Pero, por encima de cualquier reconocimiento, hay algo que define a Kiki Arballo: nunca dejó de ser aquel niño enamorado de la música.
«La guitarra llegó antes que los sueños».
Hablar de la infancia de Kiki es hablar de guitarras. No porque hubiera abundancia, sino porque la música era parte de la vida cotidiana. Su padre tocaba en tríos y las reuniones familiares siempre terminaban con canciones.


¿En qué momento supiste que la música sería tu destino?
«Tenía cuatro años. Vivíamos en Hermosillo y jugaba con una escoba como si fuera una guitarra. Nunca imaginé que años después eso sería mi vida».
La respuesta llega con una sonrisa tranquila, como quien recuerda algo que siempre estuvo escrito.
La guitarra no fue una elección. Fue el idioma con el que aprendió a entender el mundo.
«La música nunca llegó de golpe. Siempre estuvo en mi casa».
La primera guitarra nació entre serrín y manos de familia
Muchos músicos recuerdan la emoción de comprar su primer instrumento. Kiki recuerda haberlo construido. Su padrino, Tomás Sandoval, era artesano y enseñó a su padre el oficio de fabricar guitarras. Juntos hicieron la primera. No era solamente un instrumento. Era una herencia.
«Mi primera guitarra acústica la hice con ayuda de mi papá. Eso vale mucho más que haberla comprado».
Años más tarde utilizaría la guitarra eléctrica de su hermano para comenzar a tocar profesionalmente. Lo que vino después ocurrió casi sin darse cuenta. Los escenarios empezaron a sustituir los patios de la infancia.

A los 15 años ya vivía de la música
Antes de terminar la preparatoria, Kiki ya tocaba cada fin de semana. Los VITS se convirtieron rápidamente en una de las agrupaciones favoritas para fiestas, bodas y bailes en Mazatlán. Allí llegó también el primer sueldo. Y con él, la posibilidad de comprar aquella Fender Stratocaster que todavía recuerda como uno de los grandes premios de la juventud.
Después vendrían más grupos.
The Love Factory.
Los Paranoid.
Survival.
Lizárraga Musical.
La Tormenta.
Cada proyecto era un nuevo capítulo. Cada escenario, una nueva escuela.
«Nunca perseguí la fama. Siempre perseguí hacer buena música».
Cuando una canción deja de ser tuya
Para un compositor existe un instante irrepetible. No sucede cuando termina de escribir una canción. Sucede cuando alguien más la canta.
Kiki todavía recuerda la emoción de escuchar en la radio temas como La Chinita, A Mover el Bote, Rico Ritmo o La Fresita.
«Escuchar una canción tuya en la radio es algo muy motivador. Ahí entiendes que ya dejó de pertenecerte para convertirse en parte de la vida de otras personas».
Sus composiciones comenzaron a viajar mucho más lejos que él.
Pancho Barraza y una amistad que también se convirtió en música

Hablar de Pancho Barraza no significa únicamente hablar de trabajo. Significa hablar de respeto. De admiración. Y de una amistad construida durante muchos años. «Es un orgullo aportar un granito de arena a un proyecto tan importante. Lo que hacemos queda para la historia».
Pero si hay una enseñanza que guarda con especial cariño, no tiene que ver con acordes. Tiene que ver con personas. «Aprendí el respeto absoluto por el público. También el amor que tiene por su familia. Eso se aprende observando».
Canciones como Unidos para Amarnos, Te Esperaré, Los Amantes, Nuestro Amor, La Mujer que Amo, El Poeta del Amor o Que Me Maten las Penas ocupan un lugar especial. No solo las interpreta.También dejó en ellas el sonido de su guitarra.
La inspiración no vive en los escenarios
Contrario a lo que muchos imaginan, las canciones de Kiki no nacen durante los conciertos. Nacen en silencio. A veces aparecen con una melodía. Otras llegan con una frase. Y algunas, literalmente, mientras duerme. «He soñado canciones completas. El secreto es despertar antes de olvidarlas».
Cuando las giras terminan, vuelve al lugar donde siempre encuentra nuevas historias. Su familia. «Ellos son mi mayor inspiración. Estar con ellos también es parte de componer».
«Mientras tenga vida, seguiré componiendo… pero mi mayor éxito siempre será regresar a casa con mi familia»
¿Qué le diría al joven que empezaba todo?
La respuesta tarda unos segundos. Como si primero necesitara mirar hacia atrás. «Le daría las gracias.» Gracias por insistir. Gracias por elegir la música. Gracias por todas las decisiones que terminaron construyendo la vida que hoy tiene. Y después vuelve a mirar hacia adelante. Porque los sueños, dice, nunca terminan. «Mientras tengas vida, siempre habrá proyectos. Yo quiero seguir componiendo, seguir tocando y seguir disfrutando a los míos».
La historia de Kiki Arballo no se mide únicamente por los artistas con quienes ha trabajado ni por las canciones que llevan su firma. Se mide en los kilómetros recorridos con una guitarra al hombro. En las melodías que nacieron de un sueño. En la emoción de escuchar una composición propia, sonar por primera vez en la radio. Y en la certeza de que el verdadero éxito nunca ha estado en los aplausos, sino en mantenerse fiel al niño que un día convirtió una escoba en guitarra y creyó, sin saberlo, que la música podía cambiarle la vida.
Porque algunas carreras se construyen con talento. Las inolvidables, con pasión.
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