El disfraz que no guardamos

Por: Nora Estrada

Por Daniela Sichel, psicóloga y fundadora de Opción Yo

Esta semana nuestros niños elegirán un disfraz. Uno querrá ser bruja, otro dinosaurio, otro superhéroe. Lo decidirán sin pedir permiso, con una seguridad que a los adultos nos da envidia. Al día siguiente irá a parar a una caja y ahí terminará su función.

Los adultos también llevamos uno, la diferencia está en que, por lo general, no lo elegimos y rara vez nos lo sacamos. Lo fuimos diseñando y cosiendo desde niños, con frases que escuchamos y repetimos tantas veces que terminaron pegadas a la piel: “Los hombres no lloran”, “No seas exagerada”, “Primero los demás”, “¿Qué va a decir la gente?”.

Nuestros padres, abuelos y profesores fueron poniendo las puntadas. Apostaría a que casi siempre lo hicieron desde el amor, con la intención de enseñarnos a vivir, protegernos o ayudarnos a encajar. Pero, con los años, aquellas frases se convirtieron en creencias sobre quiénes somos, qué podemos sentir y cuánto valemos.

El psiquiatra y psicólogo suizo Carl Gustav Jung llamó persona a esa máscara que presentamos ante el mundo, como la careta de los actores del teatro antiguo. Todos la necesitamos en determinados momentos para convivir pero el problema real aparece cuando, de tanto usarla, olvidamos que la llevamos puesta y confundimos el personaje con quien realmente somos.

El médico y autor húngaro-canadiense Gabor Maté ha explorado cómo, en determinadas circunstancias, los niños aprenden a sacrificar su autenticidad para preservar el vínculo con sus padres. Cuando sienten que ser ellos mismos puede poner en riesgo el amor que necesitan, aprenden a esconder partes de sí mismos. Un niño puede guardar su rabia, disimular su tristeza, silenciar su deseo de ser artista o esconder su manera de ver el mundo para convertirse en el hijo fuerte, la hija perfecta o el gracioso de la familia. A los seis años esa elección le salva la vida pero a los cuarenta, ese niño disfrazado, sigue gobernando al adulto y lo hace vivir una vida elegida por otros.

Para quienes vivieron un trauma, la máscara nació de una herida. La niña que creció con un padre violento aprendió a ser invisible y hoy no se atreve a opinar en una reunión mientras que el niño humillado por llorar se volvió un hombre que no sabe decir qué siente.

En consulta veo lo que pesa ese traje cuando se vuelve costumbre: ansiedad sin razón aparente, un vacío que aparece aunque “todo esté bien”, parejas que llevan años juntas y no se conocen, personas exitosas que se preguntan en silencio si esa vida es de verdad suya. En nuestras familias hispanas, donde el “qué dirán” pesa el doble, hablar de lo que sentimos a veces se vive como traición. Y está el cansancio de actuar, durante años, un papel que nadie pidió.

El psicólogo estadounidense Carl Rogers escribió que solo cuando nos aceptamos tal como somos podemos cambiar. Ahí es cuando podemos guardar el disfraz y dejarnos ver. Esa aceptación muchas veces llega de la mano de la incomodidad: al fin y al cabo, ese traje se hizo a la medida de un niño, y al adulto que lo lleva ya no le queda. Tal vez no puedas solo, tal vez llegó el momento de que alguien te acompañe a quitártelo. En terapia te pueden ayudar a guardarlo y a que no te asuste ver qué hay debajo.

En el antiguo Carnaval de Venecia la gente salía de noche con el rostro cubierto. Nobles y sirvientes se mezclaban en las calles, bailaban, decían lo que pensaban y se acercaban a quien querían porque nadie sabía quién estaba detrás de cada máscara. Esa noche el anonimato les daba libertad. Me pregunto qué haríamos si pudiéramos vivir así todos los días, sin miedo a ser señalados.

Este 31 de octubre te invito a pensar: ¿qué parte de ti escondes todavía para que te quieran? ¿Llevarás un disfraz que mañana irá a una caja o serás libre por una noche detrás de una máscara? Halloween no es solo cosa de niños. Lo que vivimos de chicos no se queda en la infancia, crece con nosotros.

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