
POR ISMAEL CALA
@CALA
La reciente operación de Estados Unidos en Venezuela, que habría derivado en la captura y salida de Nicolás Maduro del poder, introduce una grieta en el relato político del país. No es solo un episodio de alta tensión internacional ni un movimiento de ajedrez geopolítico. Es, ante todo, una sacudida simbólica en una nación acostumbrada a que las decisiones trascendentales ocurran lejos de la voluntad de su gente.
La reacción de los venezolanos ha sido reveladora. Hubo emociones, comentarios, alivios y temores silenciosos, pero no estallidos de euforia ni celebraciones desbordadas. Un pueblo que ha vivido tanto tiempo en la fragilidad aprende que los momentos decisivos no se gritan: se observan. Sabe que la cautela y el silencio también son formas de sabiduría. Porque cuando un país ha aprendido a sobrevivir en la incertidumbre, incluso los cambios más drásticos se reciben con cautela. El dolor acumulado no se disuelve con un solo acontecimiento, por contundente que parezca.
La historia latinoamericana está llena de desenlaces abruptos que prometieron redención y entregaron frustración. Los giros impuestos desde fuera pueden alterar el reparto de poder, pero rara vez transforman las estructuras profundas ni reparan el daño moral infligido a una sociedad. Y es ahí donde la paz deja de ser un eslogan para convertirse en una tarea pendiente.
Venezuela no necesita únicamente una solución política. Necesita una reconstrucción ética. Un proceso que permita restaurar la confianza pública, revalorizar la ley y reconciliar a una sociedad erosionada por la sospecha y el miedo. Sin revanchas. Sin humillaciones. Sin reproducir el mismo autoritarismo con nuevos nombres.
Cuba aparece inevitablemente en este espejo. Más de sesenta años de socialismo han dejado algo más que carencias materiales: han producido una cultura del silencio, una pedagogía de la dependencia y una ciudadanía entrenada para sobrevivir, no para decidir. Revertir eso no se logra con decretos ni con cambios de élite. Requiere una transformación cultural profunda, una emancipación de la conciencia.
Hoy no es tiempo de celebraciones fáciles ni de condenas automáticas. Es tiempo de escuchar. Escuchar a los pueblos, no a los discursos. Escuchar el agotamiento social, pero también la persistencia de una esperanza que no ha sido derrotada. Porque la verdadera transformación no ocurre cuando cae una figura, sino cuando se eleva la conciencia colectiva.
Los grandes maestros morales de la humanidad entendieron esto. Jesús advirtió que no se cambia el mundo repitiendo la violencia del poder. Buda enseñó que ninguna liberación es duradera si no se derrota la ignorancia. Que este episodio no inaugure otro ciclo de imposiciones, sino una oportunidad histórica para pensar distinto el poder y su ejercicio.
Los pueblos que han sufrido tanto no necesitan más ruido ni nuevos salvadores. Necesitan verdad, instituciones creíbles y un horizonte compartido. Y eso solo se construye con conciencia histórica, responsabilidad política y una ética que vuelva a poner al ser humano en el centro.www.IsmaelCala.com
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