El operador de un autobús aprovecha su segunda oportunidad gracias a la Iniciativa de Oportunidades Justas (First Chance Initiative) de Metro

Por: Mey Lyn Mitteenn / El Pasajero
Frank Rodríguez ha sido operador de autobuses de Metro por los últimos 15 meses en un turno que empieza casi en hora punta de la tarde y termina poco después de medianoche. Opera la Línea 212 de la División 5 en el Sur de Los Ángeles, una ruta que va a lo largo de La Brea Avenue y que conecta a comunidades como Hollywood, Mid-Wilshire e Inglewood, donde recoge a una gran diversidad de pasajeros — cada uno con su propia historia.
Los saluda con una sonrisa, concentrado en ofrecer un viaje seguro y un buen servicio al cliente. Algunos trayectos transcurren en silencio; otros dan pie a una breve conversación. Algunos pasajeros necesitan direcciones; otros, simplemente un momento de comprensión. La mayoría son usuarios habituales que se dirigen al trabajo o a la escuela, mientras que otros pueden estar atravesando un momento difícil, como la pérdida de un empleo.
Siempre que es posible, Frank ofrece palabras de consuelo. Comprende el impacto que estas pueden tener y cómo pueden cambiar el día y el estado de ánimo de una persona. “Conozco de dificultades y puedo identificarme con los pasajeros”, dice. Para él, este trabajo es mucho más que una ruta: significa estabilidad, propósito y una vida que, en el pasado, no creía que fuera posible.

Frank sabe de tiempos difíciles. Superó muchos de ellos antes de que Metro lo contratara. Su historia demuestra cómo la Iniciativa de Oportunidades Justas (First Chance Initiative) de Metro crea oportunidades equitativas durante el proceso de contratación —en consonancia con la Ley de Oportunidad Justa (Fair Chance Act) de California— y brinda a los solicitantes la posibilidad de ser considerados por sus habilidades, experiencia y crecimiento personal, en lugar de ser descalificados automáticamente debido a su pasado. Para Frank, esa oportunidad marcó la diferencia.
Su camino hasta llegar aquí no fue fácil. Frank perdió a su madre a causa de una sobredosis de heroína cuando él apenas tenía un año de edad. Su padre estaba ausente y tanto él como sus tres hermanos fueron criados por un familiar en Highland Park, en un entorno que él recuerda como un lugar marcado por la inestabilidad, el enojo y el abuso físico.
A los 14 años, alzó su voz para denunciar lo que vivía, con la esperanza de recibir protección. Sin embargo, dice que sus denuncias fueron desestimadas. “En ese momento me sentí herido. Eso me destruyó”, recuerda. Poco después, huyó de su hogar.
Lo que siguió fueron años de lucha por la supervivencia: se juntó con la compañía equivocada, batalló contra el consumo de sustancias y, finalmente, a los 16 años, cayó en el sistema de justicia juvenil. Unos meses más tarde —y sin una familia a la que regresar— fue enviado a un hogar de acogida para jóvenes, donde permaneció hasta la mayoría de edad.
A los 19 años, se mudó a Missouri para vivir con unos familiares, con la esperanza de empezar de nuevo. Pero el ciclo continuó y se repitió. Más tarde regresó a Los Ángeles y decidió cortar las ‘malas juntas’ de raíz y aunque su situación mejoró, la adicción persistió. Hacia finales de sus 20s, las drogas le habían arrebatado todo: su empleo, el vínculo con su hijo, su familia, su apartamento y, en última instancia, el automóvil en el que vivía.
A los 30 años, tocó fondo. Un día despertó durmiendo detrás de un contenedor de basura en Moreno Valley. “Me sentía deprimido, sin esperanza, solo y asustado. Quería morir”, dice. Dos meses después, alguien se le acercó con un folleto que decía: “Jesús te ama. El cambio es posible”.
Ese momento lo llevó a un centro cristiano de recuperación, donde comenzó a reconstruir su vida. Ahí le ofrecieron un lugar donde dormir, tres comidas al día y la estructura que necesitaba para empezar de nuevo. ‘Aprendí a perdonarme a mí mismo y a las personas de mi pasado; aprendí a amar, a actuar con integridad y honestidad”, comenta. “Fue un trabajo duro”.

Completó el programa al cabo de un año, pero decidió quedarse dos años más para seguir trabajando en sí mismo. Con el tiempo, el centro le presentó la oportunidad de asumir un rol de liderazgo. Durante cinco años, se desempeñó como consejero y, más tarde, como director del centro de recuperación, brindando apoyo a otras personas que luchaban contra la adicción, la depresión y los desafíos de la vida. “Fue allí donde aprendí lo que es responsabilidad, compromiso y ética laboral”, afirma.
Durante ese periodo, recuperó el derecho a visitar a su hijo. Aquello que alguna vez estuvo roto comenzó, poco a poco, a componerse. Hoy, su hijo tiene 14 años y lo ve todas las semanas. Mientras continuaba reconstruyendo su vida, Frank encontró el amor. Se casó y, junto con su esposa y los tres hijos de ella, hoy forman una familia que incluye a una niña que adoptaron hace cuatro años.
No obstante, mientras reconstruía su vida, Frank también buscaba una estabilidad laboral que le permitiera mantener a su familia. Antes de llegar a Metro, trabajó como consejero y, simultáneamente, realizaba trabajos de transporte, repartiendo alimentos en las escuelas. Pero eso no era suficiente. Consideró la posibilidad de conducir camiones de carga, pero las rutas mejor remuneradas exigían pasar largos periodos lejos de casa; algo que no estaba dispuesto a sacrificar.
Hasta que encontró a Metro y lo vio como una segunda oportunidad. “Fue maravilloso cuando la agencia me brindó esta oportunidad”, dice. “Yo cometí errores en el pasado, pero eso no define quién soy hoy”.
Confiesa que sintió nervios cuando comenzó a trabajar como operador de autobuses. Manejar un autobús de 40 o 60 pies de largo le resultaba intimidante y memorizar las rutas representaba un verdadero desafío. “Me decía: ‘¿Y si todo sale mal?’”, recuerda. Con el paso del tiempo, todo se volvió más sencillo.Frank dice que se siente respaldado en su división y disfruta sirviendo a los pasajeros a lo largo de su ruta.
Hoy en día, se desplaza por la ciudad con confianza, apoyándose en su sentido de la orientación y en la capacitación que ofrece Metro. Él cree que muchas personas no se dan cuenta de que ser operador de autobús puede convertirse en una carrera profesional. “Es una gran responsabilidad, ya que llevas a bordo a niños, adultos y personas mayores; pero es un trabajo excelente”.
Frank también comenta que ponerse el uniforme de Metro cada día le infunde un gran sentido de orgullo. “Siento que tengo un propósito”, expresa. “Que eres parte de algo grande”.
A principios de este año, Frank fue reconocido como Empleado del Mes de Metro y compartió su historia frente a un comité de la Junta Directiva de la agencia; una experiencia que le reafirmó lo lejos que ha llegado. “Eso significó mucho para mí, porque yo creo que la rehabilitación sí es posible”, afirma.
A aquellas personas con un pasado difícil que deseen solicitar empleo, les dice: “No se desanimen. Tu pasado no determina tu futuro”. Para él, esa convicción lo cambió todo, pues las palabras que uno lleva consigo —acerca de quién es y de lo que es posible lograr— pueden moldear el camino que se tiene por delante. En Metro, Frank encontró una segunda oportunidad. Y, con ella, la posibilidad de seguir avanzando.

